Es tan extraño como llegan los pacientes. Llegan con su dolor, o su problema, pero siempre hay algo detrás, el miedo a que sea grave, la preocupación de un pariente o por un pariente, la soledad que los incita a buscar contacto humano cada vez que pueden, en fin, cuesta recordar que son humanos.
No, no es eso.
Sé que son humanos, sólo que es más fácil centrarse en la patología y olvidarse de todo lo demás. Es más fácil cuando puedes desconectarte. Cuando puedes mirar a un paciente y decir: "Mire qué linda la tiña que nos llegó, dra." Sin recordar que no es una "tiña"; es una persona, con nombre, apellidos, recuerdos, miedos y emociones. Una persona que tiene una vida, que va a trabajar todos los días, o que se levanta a las seis de la mañana para mandar a sus nietas al colegio, o que simplemente no se puede levantar porque quedó postrado.
Cuesta alejarse de sus emociones, cuesta no sentirse identificada con ellos, cuesta mantenerse al margen y adoptar una actitud profesional, cuesta no sentirse conmovida o preocupada por la vida privada de cada uno de ellos.
Tengo miedo, no sé si quiero estar expuesta a esto el resto de mi vida. Dicen que uno aprende a manejarlo, pero si no puedo manejar mis propias emociones, menos podré evitar que las de ellos me invadan.
Sin embargo, por algo estoy aquí, por algo no me cuesta relacionarme con los pacientes, por algo no me complica sacarles una sonrisa o cuidar una lágrima, por algo actúan con confianza frente a mí. Tal vez esto sea lo que tengo que hacer, aunque me cueste.
miércoles, 18 de junio de 2008
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