Ha pasado tanto tiempo.
Ya soy médico.
Con título recién estrenado en mi primer trabajo en febrero de este año. Y ya no quiero.
Trabajo en centros de diálisis. No hay nada más desolador que eso.
En general, el trabajo es escaso, por lo que hay tiempo para pensar. El día se arrastra lentamente y las horas parecen pasar con el apuro de un jubilado haciendo la compra de la semana. Después de pasar visita, y asegurarse que todos estén bien, no hay nada que hacer. Salvo pensar. Y mirar el reloj, calculando mentalmente cuánto falta para la siguiente comida, el único "recreo" que saca de la monotonía.
Alegrarse porque ya han pasado cuatro horas y vendrán nuevos pacientes.
Actividad febril, entre pesarlos, saludarlos, programar su baja de peso y despedirse de los que se van, esa hora pasa volando. Lástima que sea sólo una hora.
Y luego a sentarse a esperar. Pasar visita, esperando secretamente que haya algo que resolver, y al mismo tiempo, recriminándote por siquiera pensar en que a alguno le pase algo, sólo por variar la monotonía. Y de nuevo a sentarse. A mirar el reloj y esperar la hora de comida.
Aunque a veces, gracias a Dios sólo a veces, pasan cosas. A veces, se descompensan tanto que las enfermeras piden ayuda. A veces, hay que detener la sesión mientras se llama la ambulancia. A veces, y gracias a Dios esto sólo me lo han contado, algunos no alcanzan a esperarla.
Ya han muerto cinco pacientes este año.
Cinco personas con las cuales habías establecido una relación. Porque esto de la diálisis es así, los ves todas las semanas, les sonríes y los saludas. Les resuelves sus problemas. La tos, los ahogos, las lesiones en la piel. Y ellos sonríen, y agradecen.
A veces, cuentan cosas. Como cuánto extrañan su trabajo, o cuantas ganas tienen de salir de vacaciones, o a veces, en un susurro asustado, cuanto miedo le tienen a sus hijos. Y escuchas. Y asientes. Y sonríes. Y ellos se sienten importantes para alguien. Y así, lentamente, van forjando una relación.
Hasta que les pasa algo. Un día, están con un poco de fiebre, y les das medicamentos, segura que saldrán adelante. La semana siguiente, no han mejorado. Frunces el ceño, otro medicamento debería ayudar. Pasa otra semana y de repente no están. La solícita enfermera te cuenta que está hospitalizada. Pasa otra semana. Y otra semana. Y otra semana. Hasta que preguntas qué pasa con ella y cuándo volverá.
Y la enfermera te dice, con sorpresa en su semblante: "No, Dra, la señora falleció."
Y el mundo te cae encima. "Quizás si yo..." es lo que te preguntas, aunque muy en el fondo sabes que hiciste todo bien. Sabes que no había nada que pudieras haber hecho para evitarlo. Que era su hora y la vida sigue.
De repente te das cuenta que todos podrían morir. Que los pacientes en diálisis no duran 20 años, sobretodo si son diabéticos. Los miras con una mezcla de ansiedad y cariño, sabiendo que si quieres disfrutarlos tiene que ser ahora. No la próxima semana, por que la próxima semana podrían ya no volver más.
Luego aprendes, supongo, a no encariñarte. A verlos de lejos, como entes portadores de enfermedad, yo creo. A tratar de no verlos como seres humanos, si no como pacientes, sospecho. A olvidar que tienen hijos y nietos, o que alguna vez fueron niños y adolescentes. O al menos, eso espero.
Porque lidiar con el prospecto de la muerte aquí a mi lado. Tan natural y aceptada. Es como ver a la parca caminando entre ellos, eligiendo a cual se llevará primero. Con la certeza de que, mucho más pronto que tarde, se los llevará a todos.
Y ya no quiero.
martes, 16 de septiembre de 2014
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