No sé si será que soy demasiado sensible, o si será que el resto es demasiado frío. No sé si será que yo me involucro demasiado en lo que le pasa al otro, o si será que el resto no tiene interés en preocuparse.
Hoy me pasó algo extraño, algo que no me había pasado nunca. Tuvimos "clases" en la universidad, vimos una película. La idea era ver algo que estuviera relacionado con la relación médico-paciente, que es el tema central del curso.
La película está basada en hechos reales que ocurrieron en USA entre 1932 y 1972, aproximadamente. La sífilis se había convertido en una epidemia en las comunidades del sur rural de Estados Unidos, por lo que las autoridades deciden crear un programa especial de tratamiento en el Hospital de Tuskegee, el único hospital para negros que existía entonces. Cuando los fondos disminuyeron, el programa pasó a convertirse en un experimento para estudiar la evolución fatal de la enfermedad al negarles el tratamiento a estos pacientes. En esa época, los negros eran considerados una raza inferior e incluso los médicos y enfermeras negros eran vistos con suspicacia, no se les consideraba tan experimentados como los blancos. Al principio, se engaña al personal de salud diciéndoles que sólo serán unos meses, pero luego el médico blanco a cargo confiesa que es un estudio que termina con informes de autopsia.
La película empieza muy bonita, con una joven enfermera negra que ayuda a un médico negro a reclutar pacientes hombres, negros, y con probabilidad de tener sífilis, para darles tratamiento gratuito. La sífilis en esa región era una epidemia que cobraba las vidas de muchos. Se veía bonito, se veía bien, se veía real. Querían tratar a esos pacientes y sanarlos de la sífilis, sin costo alguno para ellos. Aunque tal vez era demasiado bueno para ser verdad. Una enfermera más joven se lo comentó a la protagonista y ella decidió no escucharla. Debió haberlo hecho, pero esa es otra historia.
Ella está muy entusiasmada y logra entusiasmar a toda la población. Se encuentran 1400 pacientes con ese screening y la promesa es tratarlos a todos. Todo funciona bien, hasta que en un punto, los financiadores de la terapia no pueden seguir pagándola. Le ofrecen al médico hacer un estudio, igual al que se hizo muchos años antes en la raza blanca, con sus pacientes. Claro que dejan afuera un pequeño detalle, no van a seguir tratando a los pacientes. Ningún tipo de tratamiento, sólo examinarlos y estudiarlos para que los resultados sean "limpios".
Cuando la enfermera se entera, empieza a pensar en renunciar, pero decide quedarse con ellos y cuidarlos igual. Los examinan, los engañan con las friegas de mercurio, haciéndolas con crema en realidad.
En un minuto necesitan hacerle un estudio a su médula espinal. El primero que entra es un amigo de la enfermera, un hombre entretenido, carismático y experto bailarín. Lo ponen de lado, para que el médico tenga acceso a su columna vertebral. Cuando le dicen que puede perder las piernas si se mueve, él se niega a hacerse el "tratamiento", él cuenta con sus piernas. Finalmente, la enfermera lo calma y él accede. Y luego el médico inserta la aguja en su columna. El hombre grita de dolor y la enfermera intenta calmarlo. Se escuchan sus gritos en el pasillo y los otros hombres se van yendo uno a uno. El bailarín empieza a cantar para sí mismo, a darse ánimos, pero le duele muchísimo. Está llorando y grita de dolor un par de veces más. El pasillo empieza a vaciarse, tanto, que cuando la enfermera sale a buscar al siguiente, hay sólo uno que está esperando.
Es una escena terrible, dolorosa hasta decir basta. Yo, sentada en mi puesto usual de la sala, pegada a la ventana, subí los pies al asiento y me abracé las rodillas con los brazos. Cerré los ojos, no quería mirar su sufrimiento. Lloré, suavemente, de esa manera en que lloras cuando no quieres que nadie se entere pero no puedes evitarlo. Sentía sus gritos y abría los ojos de vez en cuando para darme cuenta cuando terminara, no servía de mucho, podía ver su expresión de profundo dolor. Y de repente me percaté que el curso reía. Sí, en serio, el curso reía. Abrí los ojos y noté que el hecho de que los hombres fueran vaciando el pasillo era lo que les provocaba tanta hilaridad. Mientras yo lloraba calladamente, sola y sin poder compartir el sentimiento con nadie, el curso reía. Mi mente analítica comprendió su risa, pero mi parte emocional se enfureció con ellos por su indiferencia. Había ahí un hombre sufriendo, llorando de dolor, y un dolor inútil, no para tratar su enfermedad, sino por el simple hecho de querer estudiar su respuesta, como si fuera un simple ratón de laboratorio, e incluso con ellos son más considerados. Y mi curso reía porque el resto de los hombres se asustaron y se fueron.
Volví a llorar varias veces, no voy a describir cada una, sólo quería hablar de ésa. Porque no lo entiendo. Porque no soy capaz de procesar el hecho de que se estuvieran riendo. Es una película, lo sé, pero eso sucedió en la vida real, hubo gente sin escrúpulos que consideró que los negros eran desechables y que ellos como investigadores tenían una gran oportunidad de pasar a la historia con ese estudio.
No entiendo, en realidad no entiendo. Mis compañeros de curso estudian medicina, una carrera basada en ayudar a quien está sufriendo ¿Cómo no son capaces de conectar con ese hombre, adolorido, asustado y engañado por su médico y su enfermera? ¿Cómo son capaces de reír cuando él está llorando?
Creo que nunca me había sentido tan sola, tan incomprendida y tan diferente. No había nadie a mi alrededor que sintiera algo parecido, nadie que compartiera mis sentimientos de rabia, compasión y frustración. O por último sólo alguno de ellos.
Quizás soy yo, quizás no debería importarme el dolor ajeno, quizás no debería conectar tanto con un personaje de una película, quizás debería abstraerme y pensar en otras cosas. Quizás debería apagar mis sensores de emociones en el resto del mundo y concentrarme sólo en lo chistoso que es ver a los hombres huir porque les da miedo que les duela de la manera en que le dolía a ese primer paciente. Quizás soy yo la loca que considera que los pacientes son personas, cuando en realidad son carpetas en un archivador, o un computador, depende de la tecnología. Son simples vehículos de una enfermedad, que es lo que más debería importarme, qué más da lo que le pase a la mente o a las emociones de esa simple máquina manifestadora de síntomas y signos.
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